Viernes en la noche, llueve y hace frio. Me pongo mis zapatos deportivos y comienzo a correr en aquel parque donde una vez robe una flor para ella. De inmediato mi cuerpo dice para y el sudor comienza a empapar mi ropa. Paso algunos trasnochadores que se acompañan con licor y música, algunas personas esperan el bus, un par de enamorados caminan de la mano, y de vez en cuando un ratón se atraviesa por el camino y se esconde de prisa entre la basura. Corro más rápido, solo fala un par de vueltas mas, no lo vas a dejar ahora, me repito mientras trato de apretar el paso y levantar mis rodillas.
A lo lejos veo un hombre que camina hacia mí, es un vagabundo. Lo paso rápido pero me fijo en su rostro triste y demacrado, el no camina en las noches por elección, el debe seguir su camino para no dejar que el frio lo paralice y quizá lo mate esa noche. Último kilometro, voy más de prisa pero soy alcanzado por un hombre de edad que corre igual que yo. Sus ojos estan siempre fijos en el pavimento y tiene una expresión de desesperación que me conmueve. Llego al fin, a la meta, abrazo un árbol, dicen que abrazarlos da buena energía, regreso al auto y a pesar de estar agotado, un par de lágrimas salen inquietas sin sentido.
Esa noche todos caminábamos o corríamos por algo. El vagabundo caminaba por su vida, el hombre mayor corría por olvidar ese día, los enamorados caminaban por su futuro, los trasnochados caminaban ebrios para olvidar lo que les falta y hasta los ratones corrian por miedo de tener que correr por los mismos motivos que los humanos.
En mi caso sentía que ya no corría por huir del pasado sino que en cada paso me vencía a mí mismo. Competia contra mi tristeza y mi falta de fe, corria para agotar mi cuerpo y llegar a dormir cansado, al final corría por mi mismo. Esa noche
estaba seguro que despues de tantos kilometros, pronto mi corazón volvería a amar.
sábado, 22 de mayo de 2010
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