Era de noche y las antorchas de las ciudad Valdivia seguían encendidas. El cielo limpio y miles de estrellas adornaban las ilusiones de los hombres. En una orilla, Tai sha un joven comerciante sentía la brisa del mar en su cara y la tibieza del agua en sus pies. Había senado en familia para celebrar su retorno después de sus aventuras por las grandes montañas y por el gran rio hasta la ciudad de las guacamayas. Ahí había podido vender especies, telares y la cultura de su pueblo, con gente tan extraña que hasta reducía cabezas.
A pesar de estar con los suyos la chicha de yuca ya no sabía igual, el pescado en hoja, antes su favorito, ya no le alegraba su rostro y los mangos verdes bañados con agua marina solo le hacían sentir agruras y desencantos. Ya nada era igual. Había puesto demasiado empeño en aprender del mundo que al final no reconocía su propio rosto en su tierra pensaba. Ni las caricias de las princesas ni los juegos entre las olas ya le hacían reír.
Al amanecer volvió a su barco de junco con tres de sus amigos y esta vez no llevaba mercancías solo viviría hablando de las maravillas de su tierra y sobre el futuro de su pueblo. Así los extranjeros estarían hechizados por sus palabras y le harían un rey creería firmemente. Se fue perdiendo en el mar y jamás se supo más de el. La gente del pueblo le creyó muerto y la vida siguió sin mayor alboroto.
Un par de miles de años después, en la ciudad de Osaka en un templo budista. Se puede leer claramente, la palabra TAI SHA, inscrita en el portal donde todo aquel que entra al templo se purifica. Los monjes no hablan de un joven que arribó desde una ciudad lejana pero si de un alma que aparece en el mar para confortar a los que sienten que no tienen rumbo.
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