Todos los días se levantaba con el sol, daba gracias y comía de prisa. Montaba su caballo, aprendía alquimia con los maestros Zonsengnim y en la noche tomaba una especie de vino hecho de arroz que era popular en la comarca. Todo mejoraba e incluso reía de vez en cuando. El vacío de su corazón se llenaba con nuevas formas de pensar, con nuevos mundos, con nuevas lenguas y hasta con nuevos sueños. De vez en cuando una carta que venía de casa y su querido diario que era alimentado aun con recuerdos.
Un día meditando en la montaña se decía: Si bien aun curo mis heridas, siempre tengo la sensación de haber perdido algo o haberlo olvidado en algún lugar. Al escuchar esto, su ángel de la guardia le susurro al oído: Has olvidado que jamás fuiste derrotado. El día que hirieron tu corazón también te regalaron tiempo para crecer y volver a luchar en tu propio reino. Pronto volverás a liberar pueblos, encontrarás una princesa e inspiraras naciones. Solo has olvidado mirar dentro de tu propia alma.
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