Viajaba en el metro de un gran ciudad. Mi destino estaba a más de 20 estaciones y a veces el tiempo libre hace que las personas piensen demasiado. No se si es bueno o no pero muchas ideas en una cabeza ciertamente termina por abrumarla. Las estaciones pasaban. La gente entraba y salía. Cada pasajero era una historia.
Sonrisas, caras largas, serias, niños y ancianos. El metro tiene la habilidad de no discriminar almas. Al igual que los estadios de fútbol no importa la condición social o que se tenga en el corazón todos pueden entrar si se puede pagar una tarifa reducida y usualmente subsidiada.
Mis pensamientos seguían flotando en cada estación y un par de recuerdos me sacaban sonrisas, , otro par ganas de llorar y claro de vez en cuando la ansiedad que cruza el cuerpo entero y dice te extraño tanto.
Al final la mira al piso y la pregunta de siempre. Volveré a enamorarme? En la última estación un muchacho entraba con una playera que en ingles decía: Nunca pierdas la esperanza.
Al ver al muchacho entendí que algunas veces los ángeles guardianes de otros nos hablan con gestos, ropas o palabras de desconocidos que encontramos en el camino.
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