lunes, 18 de octubre de 2010

Vampiro.

Yanko estaba en un dilema. Había sido vampiro desde que nació y sabia que su destino era bagar solo, para seducir y beber sangre de sus victimas. Su vestimenta negra, su juventud perpetua y esa seducción que solo los vampiros poseen, le habían ayudado a dejar de morder cuellos para beber de las muñecas de princesas y paganas de igual modo.

Esa noche sin embargo se sentía diferente, había visto a su próxima victima pero algo le impedía actuar. Quizá su figura perfecta, sur ojos penetrantes o esa sonrisa cauta, le hacían olvidar que la eternidad estaba en beber sangre y no en una mirada pasajera.

Ese noche paso cerca de ella pero el, invisible, solo pudo oler su perfume y guardar en su memoria aquel rostro que le complicaba su existencia.

Enojado regreso a su castillo. Con hambre y frustrado por no beber sangre. En el camino econtró a Vlad el empalador, el primer vampiro al que llamaban Dracula y este le dijo: Se de esa mirada de hambre. No de sangre sino de amar. La conozco al haber perdido a mi amada Mina. No huyas al encuentro de tu amada. Preséntate en la noche, amala sin morderla, y al amanecer deja que el sol lleve tus cenizas al viento. Es mejor amar por una noche y morir en la mañana que pasar una eternidad bebiendo sangre de amantes pasajeras.

Esa misma noche, Yanko volvía al pueblo. Esta ves no sería invisible. Se presentó y amó sin morder a la bella doncella que le había cautivado.

...Al amanecer, el viento traía consigo, las cenizas de un vampiro enamorado.

1 comentario:

  1. Excepto por una que otra falta ortográfica, alhaja el relato!...

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