sábado, 17 de julio de 2010

FE

Llego un punto en mi vida que me era difícil hablar con Dios. Pensaba que porque si pasaba algo bueno debía ser su gracia y si pasaba algo malo el sabía el porque sin dar razones. Así pase algunos meses entre lágrimas, tristezas, miedos y miles de horas mirando al pasado en busca de un por qué.

Un día hablé con una amiga sobre el por qué de mis penas y ella me dijo: Dios jamás nos deja solos, perdí mi hija hace dos años y aun estoy aquí, por más que la extraño, ella jamás volverá y aun quiero luchar en la vida.

Me quede un poco confundido con sus palabras, si bien yo había perdido un amor y toda perdida es dolorosa, no me podía comparar con su situación. Ella se mantenía firme, tenía fe y esperaba el futuro con alegría.

Esa noche abrí el cajón de mi velador y tomé aquellas medallas con el padre nuestro, el ave maría y tierra de Fátima que deje de utilizar hace tiempo,sentí a Dios de nuevo y supe me había hablado a través de la historia de mi amiga.

Volví a usar mis medallas solo para recordarme que siempre es fácil hablar con Dios, solo debía utilizar las palabras apropiadas: Aquí estoy señor, has de mi tu voluntad.

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