En la noche el maestro miraba a la luna y con lágrimas le oraba. Luna, tu que eres mi cómplice y compañía, da alivio a mi deseo de volver a amar y calma a este sentimiento que como agua represada inunda mi ser.
Una ardilla al escuchar estos ruegos pensaba: Al parecer, hasta para los maestros Zen es difícil espiar el deseo de entrega, cuando están enamorados.
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