domingo, 21 de marzo de 2010

El León de Lucerna.

George partió desde Ginebra a Múnich en un tren que le llevaría por toda Suiza hasta la frontera Alemana. Solitario, su corazón triste y su mente en blanco. Siempre buscando encontrarse en aquel paisaje que le conmovía y le hacía pensar que tan lejos estaba de su patria y que fría le era la vida. El tren se detuvo en una ciudad llamada Lucerna y George salió a caminar en busca de posada para esa noche. No le importaba mucho donde quedarse, al final solo era una noche y mientras más rápido la encuentre mejor. No iba a perder tiempo intentando buscar compañía, le parecía estúpida la idea de pretender ser feliz para atraer alguna muchacha en alguna cantina de la ciudad.

Caminó hasta encontrarse con una estatua de piedra inmensa de un León. El león agonizaba, estaba herido y tenía un gran dolor en su rostro. La estatua representaba los caídos suizos que habían muerto en la revolución francesa. George dijo a la estatua: Que frágil es el poder que hasta un león ha muerto en busca de proteger a un rey que debía dar más a su pueblo para evitar una revolución.
El León al escuchar estas palabras le contesto: Si bien luché por un rey que no merecía ser defendido, fue mi naturaleza leal la que impulso a mis garras y dientes a ir a batalla. La lealtad es un sentimiento que va mas allá de lo bueno o malo y va siempre en paralelo de la palabra deber.
Ve joven y se leal a tu corazón y pensamientos, libera tu alma de su angustia y al regresar a tu patria se leal siempre con el más débil. Esto te servirá para ser un hombre y no una estatua de piedra que ya nada puede hacer.

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