El faraón Nehep tenía grandes problemas económicos en el reino. Los sacerdotes cobraban a los fieles por los sacrificios en el templo pero no pagaban impuestos. Los terratenientes tenían grandes cosechas de trigo y cebada pero el reino estaba sumido en la pobreza y el hambre. Los mercaderes vendían esclavos a altos precios y muchos habían hasta comprado barcas con oro importadas de Ninive y animales extraños de babilonia porque sus negocios eran fructíferos. En contraste la mayoría de egipcios no tenían trabajo y el Faraón no había podido educar a su pueblo, así como no tenía oro para desarrollar planes de erradicación de las plagas o construir el gran canal que conduciría al Nilo a nuevas tierras de cultivo.
El faraón desesperado, había oído hablar de una sacerdotisa que era muy seria, estricta y que con mano dura había podido administrar una pequeña provincia al sur de egipto. El faraón la mando a llamar y le propuso el trabajo de recaudadora de impuestos. Ella fue y solo pidió dos promesas: Que le de todo el poder para ejercer el cambio y que lo que recaude sea administrado de manera sabia. El faraón lo prometió y la sacerdotisa comenzó su trabajo.
Un año más tarde las arcas del reino estaban llenas, pero la población estaba más descontenta que nunca. Los ricos no podían vender como antes y se les cobraba estrictamente los impuestos. No pocos habían sido cortados las mano por no pagar lo adeudado al estado y a muchos se les había sacado la lengua por injuriar a la cobradora de impuestos. La gente del pueblo decía: Antes, por lo menos los esclavos podían robar el trigo de sus amos pero ahora, con lo de los impuestos, estaban mucho más estrictos y se les azotaba por cualquier pequeñez. Los sacerdotes habían levantado al pueblo porque les habían cobrado los impuestos de los sacrificios y ya no podían exceder los lujos que tenían.
El faraón volvió a llamar a la sacerdotisa cobradora de impuestos y le reclamo: Que has hecho con mi pueblo que ahora esta en mi contra? Ella dijo: no he hecho nada más que cumplir con mi trabajo, mas tu no has cumplido con tu segunda promesa.
Años más tarde un nuevo faraón que había trabajado con la sacerdotisa decía: que sabia fue mi maestra al decirme que no importa cuanto impuestos cobre si soy sabio al gastar algo que no me pertenece.
martes, 30 de marzo de 2010
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