Al morir el Rey de Bután, un pequeño país en medio de las montañas entre India y China, el joven príncipe Kehshar debía decidir si continuar con las tradiciones de su pueblo. Era el único país que no tenía televisión en el mundo y una vez hubo una revuelta en contra de los semáforos para volver a la policía de tránsito que era más un baile que orden en las calles de Thimbu la capital.
Kehshar había sido educado en Europa y Estados Unidos y profundamente aspiraba que su pueblo vea lo que el había visto, un mundo que ofrecía una transformación a la humanidad con viajes espaciales y el uso del genoma humano. Que hacer en ese país donde las tradiciones eran tan milenarias y tan fuertes. Como luchar bajo la filosofía económica de su padre que no creía en índices como el producto interno bruto sino que había inventado su propio indicador llamado Felicidad Interna Bruta. El indicador pretendía medir más que la producción, la felicidad de los habitantes del reino.
El día de su coronación pensaba en que discurso podría decir? Fue a visitar al más anciano de los monjes del templo y le pregunto: Que puedo hacer para enrumbar a mi pueblo sin olvidar el pasado, las costumbres, y la cultura del pueblo. Como Buda puede iluminarme para ser sensato y regalar a Bután un mundo sin dañar al reino?
El anciano tomo algunos papeles y dijo: podemos hacer 3 cosas con estos papeles, quemarlos, convertirlos en juguetes doblándolos o escribir en ellos lo que nuestros corazones nos dicten, lo mismo puedes hacer con el reino, ve joven príncipe conviértete en rey y escribe con tu corazón la historia de Bután.
Kehshar fue a palacio y dijo: Mantendremos nuestras tradiciones y veneraremos a nuestros padres, pero ahora compartiremos nuestras riquezas tanto espirituales y materiales con el mundo. No es coincidencia que estemos en la mitad de la Santa India y la milenaria China, quizá Bután es el punto de inflexión entre el futuro y el pasado del hombre.
Pocos años más tarde un airbus A 320 lleno de turistas japoneses arribaban al aeropuerto de Thimbu debían pagar 200 dólares diarios al país como contribución por conocer la tierra mágica. Un tercio del país era reserva ecológica protegida y parte de las grandes cascadas se utilizaban para vender electricidad a India, mientras China se convertía en un aliado para la obtención de nueva tecnología. El primer canal de televisión aparecía y si bien aun no había semáforos, la policía aun danzaba en las calles de la capital. La población ahora aprendía ingles pero sin descuidar las enseñanzas de Buda.
lunes, 22 de marzo de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario