Dos veces he perdido la fe. La primera, cuando conocí el vaticano y mis rezos se veían empequeñecidos entre el mármol, el oro, el arte de San Pedro. Tuve la sensación de estar más en un museo o en un club campestre que en una iglesia.
La segunda cuando rece con todas mis fuerzas por tenerla de nuevo a mi lado y a pesar de mi fe jamás hubo respuestas.
Ha pasado el tiempo y siento que quizá no perdí la fe realmente, solo olvide no pedir sino, agradecer y hablar con Dios. Así lo hice en Fátima y así lo hago hoy, pero ahora desde la intimidad de mi alma.
miércoles, 31 de marzo de 2010
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